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Declaraciones sobre el Protocolo

El protocolo de Kioto es excepcional en muchos sentidos. Supone la primera gran aplicación del principio de precaución; también es un primer paso para lograr una gestión centralizada de los recursos mundiales, uno de los objetivos más queridos por organizaciones ecologistas.

Uno de los aspectos más destacados es el que se refiere a la relación entre el ámbito científico y la toma de decisiones políticas. El protocolo de Kioto es un instrumento que pretende resolver un problema cuyo diagnóstico ha de ser científico. Y las medidas que propone, el control y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, también han de tener una base científica.

No obstante, el sustento científico del protocolo de Kioto no está asentado tan firmemente como con frecuencia repiten responsables políticos y medios de comunicación. Hay varias muestras de que la opinión científica no está de forma unánime detrás de la medida política acordada en la ciudad japonesa. Por un lado hay científicos, como Richard Landzen, que han abandonado el Panel Internacional sobre el Cambio Climático porque a su juicio se manipulaban sus opiniones científicas con criterios políticos. No es el único nombre, pero sí uno de los más destacados. En otro orden de cosas, numerosos científicos del clima, entre los que se encuentran los nombres más prestigiosos, son escépticos respecto de la ciencia detrás de Kioto, cuando no la rechazan claramente.

Quizás una de las muestras más conspicuas de la opinión de una amplia y cualificada base de científicos sobre Kioto sean las declaraciones elaboradas por científicos. Hay cuatro, en concreto, que han mostrado sus mayores reservas sobre la ciencia que sustenta el acuerdo político que desea reducir las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero de los países más desarrollados. Dudan también de su efectividad y exponen los riesgos que se podrían derivar de su adopción.

El primero en el tiempo está elaborado por un colectivo llamado Científicos Atmosféricos sobre el Efecto Invernadero (CAEI). La Conferencia de Toronto sobre Cambios en la Atmósfera, de 1988, inició el camino a una reducción mundial de las emisiones, aunque de carácter voluntario. Dos años más tarde, en Suiza, comenzó a plantearse la exigencia de reducciones de forma coactiva. En 1992, antes de la celebración de la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, varios científicos del clima comenzaron a sentirse incómodos con el uso que se estaba haciendo a su ciencia. En su declaración advierten sobre la Cumbre de Río, que todavía no había tenido lugar, y en la que alertan sobre las "iniciativas políticas (que) derivan de teorías científicas muy dudosas. Están basadas en el supuesto sin respaldo de que un calentamiento global catastrófico derivará de la combustión de combustibles fósiles y requerirá una acción inmediata".

También declararon que "estamos preocupados porque los activistas, ansiosos por detener el crecimiento de la energía y de la economía, estén impulsando políticas drásticas sin tener en cuenta los cambios recientes en la ciencia subyacente".

Meses después, durante la cumbre de Río, 425 científicos e intelectuales firmaron la Declaración de Heidelberg . Sus razones convencieron a partir de entonces a numerosos científicos de 106 países, hasta superar los 4.000, entre los que se incluyen 72 premios Nobel. A pesar de la relevancia de los firmantes, la declaración de Heidelberg no recibió mucha atención en los medios. En esta llamada a la honestidad intelectual y a la integridad científica se muestran "preocupados en amanecer del Siglo XXI, por el surgimiento de una ideología irracional que se opone al progreso científico e industrial e impide el desarrollo económico y social" y exigen "que este atesoramiento, gestión y preservación ha de estar fundada en criterios científicos y no en preconcepciones irracionales". Los firmantes declaran que "los mayores males que provienen de acechan nuestra Tierra son la ignorancia y la opresión, y no la ciencia, la tecnología y la industria".

En noviembre de 1995 se celebró Leipzig un simposio que reunió a varios científicos sobre el clima. La reunión se repitió en noviembre de 1997 en la ciudad de Bonn, tras la cual se elaboró la declaración que lleva el nombre de la primera de estas dos ciudades alemanas. El texto comienza con las palabras "como científicos independientes preocupados por los problemas atmosféricos y climáticos, nosotros (junto con muchos de nuestros ciudadanos) somos contrarios a los objetivos de emisiones y al calendario adoptados por la Conferencia de Kioto, en Japón, en diciembre de 1997".

Reconoce que "la energía es esencial para el crecimiento económico" y que "en un mundo en el que la pobreza es la mayor polución social cualquier restricción en el uso de la energía que inhiba el crecimiento económico habrá de ser observada con cuidado". Y Kioto es "peligrosamente simplista, muy inefectivo y económicamente destructivo".

Las mayores críticas al tratado son de tipo científico, ya que "las bases científicas del tratado sobre el clima global de 1992 son erróneas y que su objetivo no es realista". Y niegan que haya un consenso científico favorable a la medida política firmada en la ciudad japonesa. En concreto revelan que "a medida que el debate avanza, cada vez es más claro que, contrariamente a lo que generalmente se piensa, no hay hoy un consenso científico general sobre la importancia del calentamiento debido al efecto invernadero a partir de crecientes niveles de dióxido de carbono. De hecho, la mayoría de los científicos concuerdan en que las observaciones provenientes de satélites y de las radiosondas de los globos aerostáticos no muestran ningún calentamiento, en contradicción directa con los resultados de los modelos por ordenador".

La declaración de Oregón, firmada por más de 10.000 científicos, declara que el tratado de Kioto "está basado, en nuestra opinión, en ideas fallidas. Los datos que provienen de la investigación en el cambio climático no muestran que el uso de hidrocarburos sea dañino. Por el contrario, hay una amplia evidencia de que un mayor dióxido de carbono en la atmósfera es bueno desde el punto de vista medioambiental".

Por otro lado, "El acuerdo propuesto tendría efectos muy negativos sobre la tecnología de todas las naciones del mundo; especialmente de aquellas naciones que están en la actualidad intentando salir de la pobreza y ofrecer oportunidades a los 4.000 millones de personas que viven en países tecnológicamente subdesarrollados".